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HISTORIAS Y LEYENDAS DE TORO (II)
JARDÍN Y PALOMAR DE LA MERCED
Sor Gertrudis María de la Corona, fundadora de las Mercedarias descalzas de Toro, era Sevillana de nacimiento, y a los trece años de edad, en 1628, tomó el hábito blanco de la Merced en el convento de San José de descalzas de Sevilla. A los 33 años dejó su nativa ciudad hispalense, para venir a fundar la Casa Mercedaria de Toro.
Pasó muchos trabajos, la atormentaron muchas contrariedades y sufrió muchos dolores en su vida, pero, como dijo un escritor, era abeja tan oficiosa, que para trabajar su panal no había en el dilatado campo de las virtudes flor que no examinase, ni jugo que no percibiera.
Su ansia de Dios la tenia suspensa muchas veces, y fuera de sí. Vivió 30 años en el Monasterio que fundara, del que priora muchas veces, aunque pasó por todos los oficios de la Comunidad, aun los más humildes.
Se recogen de ella muchas piadosas tradiciones, relacionadas con sus célicas visiones y sus místicos arrebatos. Pero hay dos sobre todo que están llenas de ternura y encanto singular.
Teniendo el humilde cargo de tornera, cuidaba de él con tanta solicitud, que siempre estaba a punto de contestar en el mismo, al menor movimiento. Llamaron en una ocasión al torno y a su pregunta nadie contestó; volvieron a llamar, y sucedió lo mismo; y así unas cuantas veces; hasta que teniendo una rápida inspiración dio vuelta al torno, y en él encontró al Divino Niño, lleno de radiante hermosura y celestial bondad, y la dijo “Paloma mía: Era YO quien llamaba…”.
Y Gertrudis adoró al Señor del Universo, que se dignaba hacerse ostensible en el torno monjil…
En otra ocasión era Priora Sor Gertrudis, y por razón de las preocupaciones de su oficio, no pudo acompañar a la Comunidad en el Coro para cantar las Horas Canónicas. Bajó sola después al jardín, terminadas que fueron sus ocupaciones perentorias, y estando rezando advirtió al mismo Divino Niño que le pregunto: “¿Qué haces aquí, paloma mía?”, y al responderle que rezaba las Horas quiso el Señor acompañarla en el rezo.
Al decir la Salve y ponerse Gertrudis de rodillas, lo hizo también el Niño Divino, al que la monja asombrada preguntó: “¿Vuestra Majestad se pone también de rodillas?”, a lo que repuso: “La Salve es de mi Madre, y siempre que aquí en la tierra se dice su nombre, en el Cielo los Bienaventurados bajan sus cabezas, y YO también, porque es mi Madre…”.
Así pudo saber Sor Gertrudis, la inmensa dignidad de la Excelsa Madre de Dios.
De la vida admirable de la virgen de velo blanco Sor Clara de Jesús María, flor delicada del jardín mercedario, que exhaló místico olor hasta los 85 años de edad, se cuentan tiernas tradiciones, que hacen famosa la vida de esta humilde religiosa, que en su pueblo natal llamaban “La Portalica” por apellidarse Portal.
Llevaba en una ocasión unas flores que había cortado del jardín del Convento para ofrendarlas en el altar del Señor. Al percibir que las flores tenían muchos gusanos en los cálices y en los pétalos, temiendo que acabarían con presteza con las flores, exclamó: “Salid de estas flores, que son para mi Señor”. Y los animalitos insignificantes escucharon su voz, y salieron de las rosas y los lirios.
En el Adviento de años 1696 y en la Cuaresma de 1697, había en Toro mucha escasez de agua por una gran sequía. El aguador que llevaba el agua en cántaros al Convento dejó de hacerlo por debérsele 300 cargas, cuyo precio no pudo hacer efectivo la comunidad por falta de recursos.
Pidió Sor Clara al Señor que remediase la dificultad, y es fama que desde entonces, y mientras duró la sequía, se notaba que poco después de sacar agua de las tinajas en que se guardaba, volvía su primitivo nivel en las vasijas, por lo que se pudo gastar sin tasa y el líquido nunca mermaba.
La madre María Ana de San Agustín siendo tornera (Siglo XVIII) no pudo por razón de su oficio en una ocasión al Augusto Sacramento del Altar, que estaba expuesto en el templo. Acabada la Exposición y habiéndose llevado la Custodia a la sacristía, fue ella a dorarla. Al momento la Divina Hostia se puso milagrosamente de pronto en la misma, para cumplir a la religiosa su ardiente y devoto deseo.
Otra piadosa tradición se refiere el mismo día y hora en que se firmó en Madrid la licencia de la fundación del Monasterio, cuando una paloma blanca se puso en el tejado del Convento de Sevilla, en que residía la fundadora Sor Gertrudis, donde estuvo hasta el día en que la citada religiosa emprendió en litera el viaje a Toro para poner en práctica la fundación, posándose algunas veces en la litera durante el camino.
En los primeros tiempos de vida del Monasterio toresano, sucedía por lo común que cuando había alguna pretendiente para el hábito, se dejaba ver sobre los tejados, y a veces en los claustros, una paloma blanca, que servía como de anuncio a una nueva religiosa, aunque de la profesión de esta no se tenía alguna, si bien no faltaba la pretensión después de tal anuncio.
A veces eran dos las palomas que anunciaban a otras tantas religiosas, y en ocasiones una de ellas desaparecía, lo que se traducía en que entradas dos religiosas, una saldría pronto para el siglo y otra perseveraría en su vacación.
Y añade la tradición, que aparecida una vez sobre el tejado una paloma pequeñita, ella fue la mensajera de la llegada a la Comunidad de una aspirante tan joven como la niña Dorotea, hija del conde de Valparaíso y marqués de Villahermosa, que en clausura cumplió los cinco años y medio de su edad.
Por eso es jardín místico y palomar devoto, el Monasterio toresano de la Merced.
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